Acerca de mí

Mi foto

Con más de sesenta títulos publicados desde 1994, Taller Ditoria es resultado de un ejercicio singular, no sólo por la calidad de sus contenidos literarios y nómina de autores, sino también por sus resultados estéticos y formales: libros enteramente artesanales desde la tradición tipográfica. Esto es, libros de artista: línea por línea, página a página formados en tipos móviles, impresos en prensa plana Chandler & Price de 1899, cosidos y encuadernados a mano, cada título con su diseño propio.

viernes, 18 de enero de 2019



Cuando el poder descubre que la libertad de opinión obstruye el trote de su arbitrariedad, exprime las cuatro debilidades del intelecto: la seducción de las apariencias; la golosina de los sofismas; el soborno del egoísmo y, finalmente, los pleitos y las envidias de los hombres de letras. No hay clase tan indispuesta a actuar como cuerpo como la de los hombres de letras. Todas sus opiniones son solitarias y desarticuladas. El peso de los argumentos nunca es suficiente cuando impera el ánimo individual. Los propósitos del hombre de letras son siempre personales; su vanidad es descomunal mientras su apego a la verdad es francamente remoto. No vive para la preservación de la especie sino, en algún sentido, para su destrucción. No lo gobierna la búsqueda del consenso sino el apetito de contradicción. Sólo admitiría que algo está bien o mal si ha sido él quien lo detectó. Incluso, por amargura o simplemente por hacerse el interesante (sobre todo si recibe un buen pago), está dispuesto a probar que las mejores cosas del planeta son las peores y las más detestables son ideales. No es que lo domine abiertamente la codicia; es que ésta se filtra en él silenciosa e invisiblemente al cortejar su vanidad.

[...]

Nunca se había inventado algo tan conveniente a los rufianes modernos como esa ficción de Legitimidad. La mentira da en el calvo: justamente entre el servilismo y la pedantería. Los escultores de ese ídolo han superado a todos los traficantes de amuletos, sean judíos, gentiles, cristianos. El principio de la idolatría es siempre idéntico: necesidad de encontrar algo venerable, sin saber qué es o por qué se le admira; amor a un efecto sin comprensión de la causa; admiración que no deshonra nuestra vanidad; elevar algo a los cielos para envanecernos de que fuimos nosotros quienes lo alzaron. Mientras más retorcidas sean las formas de adoración, más nos halagamos. Mientras más innoble sea el objeto de culto, más esplendorosos serán sus atributos. Mientras mayor sea la mentira, mayor entusiasmo habrá al creer en ella y mayor codicia al tragársela. [...] Pero los creadores de esa nueva ficción legal de la Legitimidad han inventado una nada. Los antiguos a veces adoraban el sol o las estrellas; sacralizaron héroes y grandes hombres. Los modernos han encontrado la imagen de la divinidad... ¡en Luis XVIII! [...] No creen que los dioses sean dioses pero hacen creer que lo creen, degradando a sus iguales a la categoría de imbéciles. La Legitimidad responde a esa perversidad. Esa falsa doctrina jorobada que los miembros de la Sociedad Humanitaria del Derecho Divino han sobrepuesto al altar de la libertad no es solamente un espectro: es una farsa. Es un prejuicio, pero un prejuicio consumado; es una impostura que a nadie engaña. Es poderoso sólo por la impotencia; su resguardo es el absurdo y su raíz son el temor y el odio.

William Hazlitt, De la relación entre los tragasapos y los tiranos (Colección del Semáforo, 13; trad. Jesús Silva-Herzog Márquez, México, Ditoria Hormiga, 2011)







miércoles, 16 de enero de 2019


El mundo toca todo el tiempo, ¿qué oculta
tanta música junta, tantas canciones de parejas, puntos
musicales en los muros blancos de cal?

Eduardo Milán, Algo bello que nosotros conservamos (ilust. Roberto Rébora, México, Taller Ditoria, 1995)




lunes, 14 de enero de 2019



 Ing. y Cab.      Convence la verdad, y persuade.
Apolo                Pues vámonos, que yo por el camino
                           daré a los necios las admiraciones.

Francisco y José Joaquín Benegasi y Luján, Sonetos jocoserios (ensayo introductorio «21 sonetos a lo moderno»: José Javier Villarreal, ilust. Christophe Prehu Maurer y Roberto Rébora; México-Puebla, Taller Ditoria-Biblioteca Palafoxiana, 2014)













viernes, 11 de enero de 2019



Historia de la tijerilla agnóstica


Un día de ésos, la tijerilla murió y llegó de casualidad frente a Dios. El viejo estaba cansado, había trabajado todo el tiempo para reparar las fallas de su creación y no tenía ganas de estar discutiendo sobre méritos y culpas. Miró a la tijerilla y dijo:

—Bueno, recortabas...

—He recortado conceptos listos para el uso en cualquier ocasión. No será la muerte la que me encuentre desprovista de ideas.

—¡Tú eres agnóstica!

—Yo me las veo con los piojos y con el destino.

Así tenía que terminar. Dios, impaciente por la arrogancia de ese insecto, decidió apurar el proceso.

—Te condeno a no saber nunca la verdad.

El viejo había trabajado todo el tiempo para reparar las fallas de su creación. ¡Ya lo hemos dicho! Estaba cansado y probablemente distraído. Sea lo que sea, al oír semejante condena la tijerilla empezó a reír, y a reír, y a reír, y muriéndose de la risa regresó a la vida, desapareciendo del ojo incrédulo de Dios.


Marco Perilli, La historia de la tijerilla agnóstica (trad. Francesca Gargallo, ilust. Roberto Rébora y José Clemente Orozco Farías, México, Taller Ditoria, 2001)










martes, 8 de enero de 2019


O cambia de bando:
según las cuotas de barbarie,
la burda doctrina de los sentimientos,
el cálculo de cuántos ricos
por cuántos pobres,
por cuánta humildad al final,
cuando de veras
haya que dar la vida por algo
y sea menos cierto el rumor
de que nadie tiene derecho a matar,
pero algunos el compromiso
(histórico, entiéndase)
de morir, eso sí
cuán luminosamente.

Tedi López Mills, Un jardín, cinco noches (y otros poemas) (México, Taller Ditoria, 2005)