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Con más de setenta títulos publicados desde su fundación en 1995, Taller Ditoria es resultado de un ejercicio singular en el ámbito de la edición, no sólo por la calidad de sus contenidos literarios y nómina de autores, sino también por sus resultados estéticos y formales: libros enteramente artesanales desde la tradición tipográfica. Libros de artista cuyos textos son formados en tipos móviles e impresos en prensa plana Chandler & Price 1899 –La Toñita–, así como cosidos y encuadernados en rústica a mano; cada título con su diseño propio, en tiraje reducido. Taller Ditoria es dirigido por su fundador, el pintor y editor Roberto Rébora. Jorge Jiménez, quien lo ha acompañado en la aventura desde el inicio, es el maestro tipógrafo y encuadernador que materializa el diseño concebido para cada obra por publicar. La impresión está a cargo de Gilberto Moctezuma, junto con La Toñita. Luz de Lourdes García Ortiz, editora, se encarga de cuidar las ediciones y de otras labores que atañen a la editorial. Taller Ditoria es un espacio de experimentación formal riguroso, animado por el intenso gusto de realizar ediciones de características propias.

miércoles, 11 de septiembre de 2019



Skin

Obedient daily dress,
You cannot always keep
That unfakable young surface.
You must learn your lines -
Anger, amusement, sleep;
Those few forbidding signs

Of the continuous coarse
Sand-laden wind, time;
You must thicken, work loose
Into an old bag
Carrying a soiled name.
Parch then; be roughened; sag;

And pardon me, that
I could find, when you were new,
No brash festivity
To wear you at, such as
Clothes are entitled to
Till the fashion changes.

*

Piel

Ropa obediente y cotidiana,
no siempre puedes conservar
tu superficie tersa.
Debes aprender tus gestos:
enojo, asombro, sueño.
Aquellas señales prohibidas

del viento permanente,
cargado de arena, el tiempo.
Te haces áspera, flácida,
hasta convertirte en un saco viejo,
con un nombre gastado.
Reseca; callosa; guanga;

y perdón por no haber podido
encontrar, cuando fuiste nueva,
alguna celebración impúdica
donde lucirte, tal como
ocurre con la ropa,
hasta que la moda cambia.


Philip Larkin, Aubade, edición inglés-español, traducción: Argel Corpus y Evelio Rojas, presentación: los traductores, Guadalajara, Ditoria Hormiga, 2013, Colección del Semáforo, 30.














miércoles, 4 de septiembre de 2019


Sal sonora

Ruidos ingratos de la ciudad,
un auto pasa pero no pasan ellos
porque otro suma lo insoluble.
Lejos o cerca, todo busca
integrar el ultraje sonoro.
Un grajo grazna su reclamo.
El ruido tiembla, árbol arriba,
alto brota en el farol del día
o cae sumando su redoble
a la emisión que nos persigue,
aura sonora que, invisible,
como a una planta herida viene
con su venda de sal a atarnos.


Ida Vitale, Mínimas de aguanieve, ensayo introductorio “De la nada y sus filigranas”: Sandra Lorenzano, ilustración: Roberto Rébora, México, Taller Ditoria-Universidad del Claustro de Sor Juana, 2015.









miércoles, 28 de agosto de 2019


Gatos. De casi cualquier color. Casi, pues los hay matizados de azul o lila, mas verde no, salvo uno que soñé hace mucho. Las multicolores son gatas siempre. Ellos son bellos, aunque puede ser preciso entender su faz. Ellas son más transitivas a la hermosura.

[...]

Ante la mirada de un gato, la superficie del agua tranquila se hace cóncava, en grado escaso pero mensurable.

Detrás del antebrazo, dos, tres, cuatro pelos largos –vibrisas– como breves cejas, dan fe de lo incomprensible.


80 / Presea Pericles 2000, Juan Soriano: dibujos, Gerardo Deniz: “...Y llegaron los gatos”, Adolfo Castañón: introducción “Las siete vidas de Juan Soriano”, México, Taller Ditoria-Museo Amparo-Fundación Amparo, 2000.











jueves, 22 de agosto de 2019


e.

Mi nombre es Alan. Nací en los ochenta, en el gabacho. Viví en México de niño, en la Irrigación; regresamos a Los Ángeles, mis padres murieron envenenados. Soy huérfano. No soy güero. Sí soy wero. No.

Luego de ser expulsado del instituto, por pacheco, me vine para México. Ya nada tenía yo en L.A., así que, desde esta Aztlán inventada, hice mi propia peregrinación, que pinté debidamente, al año, en una tira. Aquí llegué, al Anahuac. Terminé mis estudios de forma abierta a interpretaciones. Ingresé a San Carlos. Aprendí a hacer pinturas sobre lienzos.

Quiero volver a mi materia. O sea, pero... yo estaba bien loco cuando tenía veinticinco años. Estaba muy solo, pese a desear la compañía. Mi estupidez o mi orgullo me impedían el trato con otras personas, y yo me gloriaba en ello. Por lo tanto buscaba nada de nadie. Mi pintura, pensaba, necesita conocimiento. No amistades, no redes sociales, no fiestas, no sentimiento, sino conocimiento. Pero soy hombre, duro poco...

Pintando en las ruinas me fui adentrando en el México prehispánico: me parecía imposible de entender el porqué de la destrucción de los aztecas, y, como los informantes de Sahagún, yo también me preguntaba si acaso nuestros dioses habían muerto. ¿Qué se había hecho el de los colmillos y anteojeras, el otro torvo y color de niño con sus brazos azules y sus piernas azules, y el del espejo humo negro de obsidiana, y la señora del faldellín de serpientes, y la señora de las inmundicias, y el señor descarnado, y nuestra abuela, y el señor de lejos, y las grandes bocas de la tierra y del sol? Todo destruido, todo tirado, todo muerto por siempre, vivo, tan sólo, entre aquellos de los que hablo con reverencia, sí, y con espanto, los propiamente llamados tlacatecólotl. No sólo son hombres-búho: también son tlacatéotl, hombres de dios, y tlaamahuiques, hombres que lo intentan atrapar a uno, y tlacateccatl, acomodadores de hombres.

Yendo y viniendo por basamentos y salones topé con uno. El nombre castellano de este hombre era el profesor Esparza, quien daba, en un helado anexo universitario, una clase sobre el Códice Borgia y el Borbónico. Esparza era un hombre gallardo, frío, que nunca parecía estar cómodo, uno de esos indios prusianos, oí decir un día o lo leí en una app. Recordaba de pronto a Johnny Depp. Su mirada era profunda. Nunca supe si al final había desprecio o caridad.


Pablo Soler Frost, Vampiros aztecas, ilust. PSF, México, Taller Ditoria, 2015.







miércoles, 14 de agosto de 2019


El verano


La mujer de M. aparta la vista del televisor. Aguza el oído como un animal del bosque para sepultar las risas pregrabadas.

El control remoto es la pala que concluye la inhumación sonora. La mujer de M. ha detectado un cambio en el aire, en su mundo.

Una tersura súbita envuelve los objetos. En los brazos del sofá el tacto de la mujer de M. alcanza a distinguir una piel masculina.

Se respira un olor a cosas que nacen, a secretos expuestos. La mujer de M. se incorpora. En el televisor truenan aplausos mudos.

Una vez en el porche de su casa, la mujer de M. mira las calles del pueblo. La misma tierra, el mismo vacío. Pero hay algo más.

La tarde se manifiesta en la bolsa de plástico que gira con lentitud en una brisa eléctrica. La mujer de M. contempla la danza.

En las ventanas de los edificios vibra una gelatina luminosa. El sol, comprende la mujer de M., el sol se está ocultando al fin.

El largo día deja un cielo que cruje como un celofán con granos de azúcar que son estrellas. Solsticio, piensa la mujer de M.

La primera noche de verano va colocando sus insectos en posiciones estratégicas. La mujer de M. vuelve a entrar en su casa.

Conforme las luciérnagas sacan chispas como fósforos, la mujer de M. planea su cena. Pan tostado y mantequilla. Y frutas hondas. Y quizá algún dulce bermellón.


Mauricio Montiel Figueiras, La mujer de M., Guadalajara, Ditoria Hormiga, 2012, Colección del Semáforo, 23.